
Daniel Román Montoya.
En la actualidad la opinión de los padres en el aspecto de la educación de los hijos se encuentra dividida en dos grandes sectores. Para uno, el respeto al niño significa dejarle en absoluta libertad, para como dicen ellos “no crearles complejos”. Los otros, sin embargo, herederos de una severa educación, rígida y autoritaria, e inquietos por los movimientos de enmarcación de la juventud actual defienden la idea de que el niño debe de volver a ser una persona sometida por completo a sus padres, quienes después de todo. Saben mucho más que él y son los responsables de su formación.
Si los segundos representan en cierto modo una marcha atrás que no puede traerles más que disgustos y desilusiones, los primeros, que se creen en la vanguardia, tampoco parecen que hayan comprendido muy bien su papel en la tarea de educar al niño. Después de todo se trata de llegar a convertir a estas personitas en auténticas personas adultas hombres y mujeres de una pieza, capaces de manejarles ellos mismos de cultivarse de dominarse, de estar abiertos a los demás de no dejarse esclavizar por complejos interiores.
¿Es necesaria la autoridad? Por supuesto que sí, pero no en sentido antiguo de: “yo te permito” “te prohíbo”, si no como conjunto de cualidades formativas del adulto que le hacen digno de respeto, sin tener que recurrir a personas más o menos discutibles. La autoridad debe ser más sentida que conocida, más intuida que sabida; es una cualidad que emana de un equilibrio interior, de un cierto conocimiento del hombre y de la vida, de la experiencia, de la rectitud y fortaleza, de carácter, de la nobleza de intenciones y de las preocupaciones por el bien de los demás.
Es imposible y contraproducente querer imponer un principio de autoridad que no este basado en una estabilidad que el niño pueda contar, una disponibilidad constante, una indulgencia clarividente y una estricta fidelidad personal con el ideal propuesto. Principiando por los padres de familia profesores y autoridades educativas. Una persona que posee este tipo de autoridad no deja que el niño haga siempre lo que quiera sin intervenir en ello, ni claudica de una serie de atribuciones que pueda ejercer con todo derecho, pero tampoco usa su autoridad a destiempo, en tonterías o por motivos puramente personales.
El niño tiene una sensibilidad especial a la coherencia interior de su padre y su madre, quienes no necesitan demasiadas explicaciones para someterlos a sus opiniones y recomendaciones, siempre que justifiquen y expliquen los motivos que las originan. Por el contrario, cuando los padres viven ellos mismos en un estado de conflicto interiore, el niño no lo sabe pero el rechazo este repercute sobre él. Condiciona sus reacciones y, como todo ello ocurre a nivel de subconsciente, los padres pueden no darse cuenta de las profundas razones de la insumisión de su hijo.
Por esta razón la ayuda de un psicólogo puede aportar desenlaces felices a situaciones difíciles, en las cuales las oposiciones visibles entre padres e hijos no son más que el reflejo de actitudes fundamentales que tienen con frecuencia raíces inconfidentes. Todo prueba hasta que punto se pueden echar a perder los principios de una educación inteligente con sólo atribuir a las palabras “autoridad” “obediencia” y “disciplina” un sentido distinto del que deben tener.
En lugar de recomendar a los padres ejercer autoridad y disciplina entonces sus hijos no tendrán que ser “sumisos” y obedientes”, si no que trataran de comprender donde esta su bien y la mejor manera de conseguirlo. Si ellos tienen plena confianza en sus padres, pronto serán los mejores colaboradores de la educación.
Si los segundos representan en cierto modo una marcha atrás que no puede traerles más que disgustos y desilusiones, los primeros, que se creen en la vanguardia, tampoco parecen que hayan comprendido muy bien su papel en la tarea de educar al niño. Después de todo se trata de llegar a convertir a estas personitas en auténticas personas adultas hombres y mujeres de una pieza, capaces de manejarles ellos mismos de cultivarse de dominarse, de estar abiertos a los demás de no dejarse esclavizar por complejos interiores.
¿Es necesaria la autoridad? Por supuesto que sí, pero no en sentido antiguo de: “yo te permito” “te prohíbo”, si no como conjunto de cualidades formativas del adulto que le hacen digno de respeto, sin tener que recurrir a personas más o menos discutibles. La autoridad debe ser más sentida que conocida, más intuida que sabida; es una cualidad que emana de un equilibrio interior, de un cierto conocimiento del hombre y de la vida, de la experiencia, de la rectitud y fortaleza, de carácter, de la nobleza de intenciones y de las preocupaciones por el bien de los demás.
Es imposible y contraproducente querer imponer un principio de autoridad que no este basado en una estabilidad que el niño pueda contar, una disponibilidad constante, una indulgencia clarividente y una estricta fidelidad personal con el ideal propuesto. Principiando por los padres de familia profesores y autoridades educativas. Una persona que posee este tipo de autoridad no deja que el niño haga siempre lo que quiera sin intervenir en ello, ni claudica de una serie de atribuciones que pueda ejercer con todo derecho, pero tampoco usa su autoridad a destiempo, en tonterías o por motivos puramente personales.
El niño tiene una sensibilidad especial a la coherencia interior de su padre y su madre, quienes no necesitan demasiadas explicaciones para someterlos a sus opiniones y recomendaciones, siempre que justifiquen y expliquen los motivos que las originan. Por el contrario, cuando los padres viven ellos mismos en un estado de conflicto interiore, el niño no lo sabe pero el rechazo este repercute sobre él. Condiciona sus reacciones y, como todo ello ocurre a nivel de subconsciente, los padres pueden no darse cuenta de las profundas razones de la insumisión de su hijo.
Por esta razón la ayuda de un psicólogo puede aportar desenlaces felices a situaciones difíciles, en las cuales las oposiciones visibles entre padres e hijos no son más que el reflejo de actitudes fundamentales que tienen con frecuencia raíces inconfidentes. Todo prueba hasta que punto se pueden echar a perder los principios de una educación inteligente con sólo atribuir a las palabras “autoridad” “obediencia” y “disciplina” un sentido distinto del que deben tener.
En lugar de recomendar a los padres ejercer autoridad y disciplina entonces sus hijos no tendrán que ser “sumisos” y obedientes”, si no que trataran de comprender donde esta su bien y la mejor manera de conseguirlo. Si ellos tienen plena confianza en sus padres, pronto serán los mejores colaboradores de la educación.
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