domingo, 23 de mayo de 2010

UN PEQUEÑO PARÉNTESIS

Cuentan que había una vez un rey muy apuesto que estaba buscando esposa.
Por su palacio desfilaron todas las mujeres más hermosas del reino y de otros más lejanos; muchas le ofrecían además de su belleza y encantos muchas riquezas, pero ninguna lo satisfacía tanto como para convertirse en su reina.
Cierto día llegó a palacio una mendiga y con mucha dificultad consiguió una audiencia. “No tengo nada material que ofrecerte; solo puedo darte el gran amor que siento por ti” le dijo al rey: Si me permites puedo hacer algo para demostrarte el gran amor que te tengo”. Esto despertó la curiosidad del rey, quien le pidió que dijera que sería eso que podía hacer. “Pasaré cien días en tu balcón, sin comer ni beber nada, expuesta al sol, a la lluvia, al sereno y al frío de la noche. Si puedo soportar estos cien días, entonces me podrás convertir en tu esposa”. El rey sorprendido más que conmovido, aceptó la propuesta y dijo: “acepto, si una mujer puede hacer todo esto por mí, es digna de ser mi esposa”. Dicho esto la hermosa mujer empezó su sacrificio. Empezaron a pasar los días lentamente y la mujer valientemente soportaba las peores tempestades, muchas veces sentía que desfallecía de hambre y frío, pero la alentaba imaginarse finalmente al lado de su gran amor. De vez en cuando el rey asomaba la cara desde el balcón de su cómoda y lujosa habitación para verla y le hacía señas de aliento con el pulgar.
Así fue pasando el tiempo… veinte días… cincuenta días… la gente del reino estaba feliz, pues pensaban: “Por fin tendremos reina”… Noventa días… Y el rey continuaba asomándose al balcón para ver los progresos de la valiente mujer. “esta mujer es increíble” pensaba para sí mismo y volvía a darle alientos con señas.
Al fin llegó el día noventa y nueve y todo el pueblo empezó a reunirse en las afueras del palacio para ver el momento en que aquella humilde y hermosa mujer se convertiría en la esposa del rey. Fueron contando las horas… a las doce de la noche de ese día tendrían reina. La pobre mujer estaba desmejorada; había enflaquecido mucho y contraído enfermedades. Y entonces sucedió. A las once de la noche del día cien, la valiente mujer se rindió… y decidió retirarse de aquel palacio. Dio una triste mirada al sorprendido rey y sin decir ni media palabra se marchó. La gente
Estaba conmocionada, nadie podía dar crédito a lo que estaba sucediendo, preguntándose entre sí porqué aquella valiente mujer se había retirado faltando tan solo una hora para ver sus sueños convertirse en realidad, había soportado tanto.
Al llegar a su casa, su padre se había enterado ya de lo sucedido y le preguntó: “¿Por qué te rendiste a tan solo instantes de ser la reina?” y ante su asombro ella respondió: “Padre, estuve noventa y nueve días y veintitrés horas en su balcón, soportando todo tipo de calamidades y no fue capaz de liberarme de ese sacrificio, me veía padecer y solo me alentaba a continuar, sin mostrar siquiera un poco de piedad ante mi sufrimiento. Esperé todo ese tiempo un atisbo de bondad y consideración que nunca llegaron. Entonces entendí; que una persona tan egoísta, desconsiderada y ciega, que solo piensa en sí misma, no merece ser amada.
De este relato amigos, quizá algunos piensen: “Que tonta fue, después de todo viviría para siempre llena de riqueza, lujos y comodidades, si ya lo había logrado.
Pero amigos… No se olviden que hay algo más valioso que toda la riqueza del mundo. Y este tesoro es: La consideración, la bondad, la humildad, la generosidad y el humanismo. Por eso pues; cuando ames a alguien y sientas que para tener a esa persona a tu lado tienes que sufrir, sacrificar tu esencia y pasar muchas calamidades que pongan en riesgo tu integridad física, moral y espiritualmente… aunque te duela en el alma retirarte, y no tanto porque las cosas se tornen difíciles, sino porque quien no te valora, quien no sea capaz de dar lo mismo que tú, quien no pueda establecer el mismo compromiso, la misma entrega… Simplemente amigo… amiga. NO TE MERECE.

Hasta la próxima y recuerden: “CUANDO EL CORAZÓN LLORA POR LO QUE HA PERDIDO, EL ESPÍRITU RÍE POR LO QUE HA DESCUBIERTO O ENCONTRADO”

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